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HISTORIA CONTEMPORÁNEA

Artículos referidos al pasado del hombre en una época situada entre la Revolución Francesa y la época actual.

martes, 21 de agosto de 2012

Ideología y partidos políticos en la España contemporánea. - Parte 12

En los artículos referentes a este epígrafe se intentará realizar un análisis dirigido al surgimiento y evolución de los partidos políticos en España hasta la configuración actual de los mismos. En este artículo veremos cómo la Guerra Civil con la que se cierra el período anterior da lugar a un nuevo marco acotado por los límites impuestos por Franco. El general establecerá una dictadura de carácter personal próxima a los regímenes fascistas en boga en la Europa del momento, en las proximidades de la Segunda Guerra Mundial. La esfera política se caracteriza por la inexistencia de pluralismo aunque no por ello está exenta de grupos con una evidente carga política. 

Enlaces relacionados:
- La Segunda República.


 FRANCO Y LA CONCENTRACIÓN DEL PODER  

El 1 de abril de 1939 el último parte de guerra de las tropas sublevadas tres años antes clausuraba las operaciones militares certificando la derrota del ejército republicano. Se abría así una larga etapa de la historia reciente de España que se prolongaría hasta la muerte del general Franco en 1975. Un régimen político asociado a la figura del dictador que se desarticuló, en términos políticos e institucionales, poco tiempo después de su muerte, pero que se había mantenido casi cuatro décadas en el poder.

Los orígenes de este régimen, construido sobre las ascuas de la guerra civil, no se remiten a la finalización de las operaciones militares, sino que tienen sus fundamentos en el mismo año del comienzo del conflicto y su articulación fue dibujada paralelamente y en conexión con la propia guerra. Las piezas maestras de la edificación del Estado y del funcionamiento del régimen político, en términos de dictadura personal, se habían ido levantando desde 1936, por lo que cuando se divulgó el último parte de guerra no quedaba nada sujeto a improvisaciones siguiendo la inercia inaugurada con la guerra.

A lo largo de ésta, el poder personal del general Franco se fue consolidando paulatinamente. Una concentración del poder, que había comenzado con el decreto firmado en Burgos el 29 de septiembre de 1936 por el que la Junta de Defensa Nacional nombraba a Francisco Franco Bahamonde «Generalísimo de los Ejércitos» y «Jefe del Gobierno del Estado español». El 30 de enero de 1938, la ley de administración central del Estado establecía, en su artículo 17, que correspondía al jefe del Estado «la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general». En la inmediata posguerra, la ley de reorganización de la administración central del Estado de 8 de agosto de 1939, matizaba que la potestad de dictar las normas jurídicas no tenía por qué ir precedida de la deliberación del Consejo de Ministros, cuando lo aconsejaran razones de urgencia.

Franco dando un discurso en Eibar, por Indalecio Ojanguren (1949)
Fuente: GipuzkoaKultura / CC-BY-SA 3.0

La cronología es, en este aspecto, elocuente. Pero no lo es tanto la definición de los contenidos del régimen, ni las razones de su dilatada permanencia, sobre todo cuando se huye de simplificaciones. Existe un debate abierto sobre la naturaleza política de la dictadura de Franco que va más allá de un complicado juego de términos: ¿fascismo? ¿dictadura militar?, ¿nacionalismo autoritario?, ¿dictadura no totalitaria?, ¿solución bonapartista?, para acabar siendo definido a través de la especificidad del modelo: «franquismo», que recogería diversos ingredientes de las fórmulas expresadas y atravesándolas en distintos tiempos, para desembocar en la singularidad de un régimen con extraordinaria capacidad de adaptación a las circunstancias y con el sello invariable de la figura del dictador.

Otros dictadores contemporáneos representaban la expresión de un modelo político -nazismo, fascismo, dictaduras militares- con unas pautas marcadas que los hacían definibles más allá de la figura, eso sí importante, de los propios dictadores. Pero el caso del «franquismo» es difícilmente homologable -aunque tuviera rasgos comunes con otros modelos de dictadura-, sobre todo a través de los tiempos en que se mantuvo, y, en su conjunto, supuso una experiencia histórica sin parangón, e imposible sin la figura misma de Franco. Mientras el fascismo italiano o el nazismo alemán, e incluso las dictaduras militares en sentido estricto, tuvieron un concepto preconcebido de Estado basado en formulaciones ideológicas con señas de identidad propias, el franquismo aglutinó en sus orígenes a un heterogéneo combinado defensivo anudado por su negación al reformismo republicano: falangistas, católicos, tradicionalistas, conservadores, etcétera, que compartían la idea del poder personal del dictador pero mantenían posiciones políticas dispares aglutinadas solamente por su oposición a la democracia republicana.

Heinrich Himmler junto a Francisco Franco (1940)
Fuente: Bundesarchiv, Bild 183-L15327 / CC-BY-SA

En esta ambientación, una vez resueltos los problemas del liderazgo militar, personajes como el germanófilo Serrano Suñer elaboraron un cuerpo doctrinal mínimo, justificativo del poder unipersonal de Franco, a base de presupuestos falangistas, del conservadurismo antiparlamentario y del catolicismo tradicional. Con esta orientación, los militares sublevados, con su cúspide en Franco, habían ido soldando las piezas para construir durante tres años de guerra el primer basamento del Estado coincidente con otros regímenes contemporáneos en su carácter totalitario. Los propios discursos oficiales de la época se refieren con prolijidad al término «Estado totalitario», que lo asociaba con otras experiencias del momento con las que el régimen se consideraba próximo, al menos vocacionalmente.


Mientras el conjunto de la legislación republicana era desarticulada en todos los terrenos, la configuración del nuevo Estado fue adquiriendo un ropaje corporativista al abrigo de otros Estados totalitarios europeos y del inicial empuje que éstos protagonizaron con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939, hasta que en 1943 empiece a adaptarse a otras realidades marcadas por el trasunto del conflicto mundial. Entre 1945 y 1951 esa adaptación a las nuevas situaciones provocadas por el contexto exterior no alteraron el poder de Franco, que reorientó el rumbo del régimen sin alterar sus fundamentos. Así, el periodo 1945-1951 puede entenderse como la época en la que el régimen cambio su corteza política y sus matices proclives a las potencias del Eje, comprendiendo lo que suponía la derrota de éstas, pero sin transformar el núcleo del propio régimen. Las formas fascistas se abandonaron desde 1945 porque convenía a la reproducción del sistema, con una querencia mayor para dotarse de barnices aportados por los católicos, mientras la autarquía económica pasaría a mejor vida cuando las condiciones de la política internacional permitieron su sustitución.


 LA CAPACIDAD DE ADPTACIÓN A LOS TIEMPOS 

Esta camaleónica capacidad de adaptación a los tiempos hizo que el régimen, sobre todo en los años 40, evolucionara más al calor de las variables exteriores que en función de los acontecimientos internos. La evolución institucional del régimen desde 1939 formó parte de la lógica inaugurada ya en 1936, con su origen en una sublevación militar contra la República, momento en que no estaba prefigurada una idea de Estado, sino de planteamientos negativos vertebrados en el derrocamiento del gobierno del Frente Popular (era anticomunista, antiparlamentario, antiliberal, etc.). 

A medida que se hizo visible el fracaso del golpe de Estado en el verano de 1936 y su conversión en una guerra civil, los sublevados empezaron a tejer una alternativa institucional a la República, amparada, -más en la forma que en los contenidos- en los presupuestos fascistas que se habían extendido por Europa, bajo la retórica de un grupo hasta entonces marginal como era Falange Española. Pero la evolución institucional del régimen también debe entenderse en el papel que desempeñó el propio Franco como dictador en busca de la consolidación de su poder unipersonal por encima, no ya de elementos civiles, sino de sus compañeros de armas, además de que los avatares internacionales posibilitaron que el entramado institucional del régimen pudiera perpetuarse, hecho bien visible sobre todo a finales de la década.


Hasta 1942 el régimen surgido de la guerra estuvo empapado de la retórica fascista, y su actuación estuvo presidida por una sistemática e inflexible represión de cualquier tipo de disidencias en el interior y por una política exterior vinculada al Eje. Fueron los «años azules», más ligados al formulario fascista. Pero durante 1943, los virajes en la Segunda Guerra Mundial, junto a las tensiones en las cúspides del poder, contribuyeron a que se hicieran menos visibles las proclividades fascistas, al mismo tiempo que empezó el distanciamiento, sin abandonar la colaboración, respecto a las potencias del Eje. Con la victoria aliada de 1945 se intensificó esta evolución hacia el poder unipersonal hasta consolidarse con la Ley de Sucesión de junio de 1947, creando una estructura duradera de poder, ambiguamente definida en una institucionalización que no sería completada hasta la Ley Orgánica de 1967, pero que tenía en el poder unipersonal de Franco la línea de continuidad entre las aparentes mutaciones del régimen.

El Valle de los Caídos, por Sebastian Dubiel (2008)
Fuente: de.wikipedia / CC-BY-SA

Mientras que en los regímenes fascistas, Estado y partido, habían quedado confundidos, temiéndose una red de militancia y encuadramiento articulada en los engranajes mismos del Estado, el partido pretendidamente unificador en el régimen distó mucho de confundirse con el Estado, y la heterogeneidad ideológica y política fue una característica permanente. En abril de 1937, el nacimiento de FET de las JONS (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), tenía la vocación, al menos sobre el papel, de proporcionar cobertura política unificada al régimen, aglutinando en torno a Falange las distintas fuerzas políticas de apoyo, bajo la jefatura de Franco. A pesar de la hegemonía formal y externa de Falange, el resto de organizaciones no falangistas nunca llegaron a quedar sujetas a las directrices de Falange. Esa heterogeneidad calculada dotaba al régimen de Franco de su especificidad: la diversidad nunca se diluyó, pero el cordón umbilical que daba coherencia al conjunto era el propio dictador actuando como el referente inmutable, y dominando el haz de intereses vinculados a su figura para culminar con la sumisión de la heterogeneidad de fuerzas en las que se apoyaba.


De hecho, las «familias políticas» -término convencional que hace referencia al parentesco político para definir el modelo de grupos que apoyaron a la dictadura alejados del concepto de unos partidos políticos inexistentes- eran el reflejo del conglomerado de fuerzas e intereses diversos que se habían sublevado contra la República. Y de ello, los gobiernos. Hasta 1945, en consonancia con la trayectoria del régimen, el predominio correspondió a los falangistas, mientras que desde esta fecha existió una mayor proclividad hacia el sector católico, sin que Falange perdiese peso específico y sin que se alterasen los equilibrios marcados por el dictador, con la presencia de otros grupos y, sobre todo, con los militares leales a Franco.

Esquema sobre la evolución política en la época

Hay que tener en cuenta que el “nacionalcatolicismo” venía a corregir los excesos verbales de la retórica falangista para intentar presentar al exterior, sobre todo, desde 1945, un discurso más aceptable. La Iglesia, que había colaborado activamente durante la Guerra Civil, acuñando un trasfondo de guerra de religión para la sublevación militar, se sintió enormemente aliviada por el triunfo final de las tropas de Franco, ya que suponía apartar el espectro republicano definitivamente, además de recibir la compensación económica que supuso el restablecimiento del presupuesto del clero en octubre de 1939. Una Iglesia que consolidaría sus relaciones con el Régimen a través de la firma del Concordato de 1953, pero que supo ir distanciándose poco a poco del mismo, en los años finales de la Dictadura, cuando ésta volvió a acentuar sus rasgos represivos y su descomposición iba incrementándose de forma paralela al propio deterioro físico del dictador.


Franco junto al presidente estadounidense Eisenhower en Madrid (1959)
Fuente: Wikimedia Commons


 LOS COMPONENTES IDEOLÓGICOS DE LAS “FAMILIAS” DEL FRANQUISMO 

Aunque se ha escrito que el franquismo fue, más que una ideología, una forma de ejercer el poder, dentro de los grupos políticos que apoyaron el movimiento militar que liquidó a la República -carlistas, monárquicos alfonsinos, falangistas y católicos- había una coincidencia básica en determinados planteamientos ideológicos:

Ø  La defensa de la confesionalidad católica del Estado.
Ø  El ejercicio autoritario del poder político, con la consiguiente negación del liberalismo multipartidista.
Ø  Un nacionalismo español que excluía a cualquier otro que pretendiera derechos políticos propios dentro del estado unitario y centralizado.
Ø  En el orden social, la defensa de la familia y de la propiedad privada.

Junto a estas características comunes, existían también unos rasgos ideológicos específicos y diferenciados para cada uno de estos grupos o “familias” políticas del franquismo. Los carlistas, por ejemplo, propugnaban una monarquía católica, tradicional y autoritaria, de corte corporativista y una cierta descentralización administrativa. De ideología similar (autoritarios y monárquicos), aunque decididamente centralistas, y con don Juan de Borbón como candidato al trono estaban los monárquicos vinculados a la revista “Acción Española”.


Los falangistas constituían el tercer grupo y se presentaban como la versión española de los movimientos fascistas. Sin embargo, la desaparición de su fundador en plena Guerra Civil, los dejó en una posición de clara sumisión a Franco, que siempre primó sobre cualquier afirmación ideológica de principios.

Por último, estaban los sectores católicos vinculados, primero, a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP) y en las dos últimas décadas del Régimen al Opus Dei, que compartían su apoyo a Franco y a sus formas autoritarias de gobierno con la defensa de los intereses de la Iglesia y de una “modernización” económica que no necesariamente tenía que estar acompañada de una apertura política.

Esquema sobre las familias políticas del régimen franquista
Junto a estos grupos, también hubo en el régimen franquista otros sectores profesionales y sociales que colaboraron con él, en cuanto que aceptaron sin fisuras el autoritarismo, el antiliberalismo, el anticomunismo y, sobre todo, la autoridad de Franco. Entre éstos, quizá el caso más significativo sea el de los militares, que aportarían a la ideología franquista una concepción jerárquica de las relaciones sociales y el poder que estuvo vigente desde el principio al final de la Dictadura. No olvidemos, que en realidad, para Franco lo de gobernar era lo mismo que dirigir un cuartel.

Esquema sobre el devenir político durante el franquismo

Franco, la verdadera historia,
subido por ixtion de la red  a https://www.youTube.com


martes, 14 de agosto de 2012

Ideología y partidos políticos en la España contemporánea. - Parte 11

En los artículos referentes a este epígrafe se intentará realizar un análisis dirigido al surgimiento y evolución de los partidos políticos en España hasta la configuración actual de los mismos. En este artículo veremos cómo el mapa político se reorganiza a lo largo de todo el período para satisfacer las demandas del nuevo sistema. La segunda experiencia republicana española adolecerá de todas las inconsistencias propias de la época que se irán cristalizando en la radicalización de las posturas políticas y que se mostrarán irreconciliables e, incluso, incompatibles dentro de este inestable sistema. A la larga, dichas posturas constituirán el germen de la futura Guerra Civil con la que se cierra el período.

Enlaces relacionados:
- La dictadura de Primo de Rivera.


 LA SEGUNDA REPÚBLICA 

Las elecciones municipales convocadas por el presidente del gobierno, el almirante Aznar, se celebran el 12 de abril de 1931 responden a dos conceptos muy distintos: por un lado, los monárquicos insisten en que tienen un carácter administrativo y por tanto unas elecciones apolíticas (únicamente para elegir a los representantes locales); por otra parte, las izquierdas intentan presentarlas como un plebiscito acerca de cuál era el sistema de gobierno que los españoles querían para su país (república o monarquía). De hecho, los republicanos llegaron a hacer una campaña de lo más extensa (para los estándares de la época) en este sentido. El resultado fue una auténtica sorpresa: en las ciudades más importantes del país triunfa ampliamente la candidatura republicana- socialista (de hecho, en 41 de las 50 capitales de provincia) mientras que las candidaturas monárquicas únicamente vencen en pequeñas ciudades y en el mundo rural. El sistema caciquil había colapsado y por primera vez en España el gobierno era derrotado en unas elecciones. Habían votado aquellas zonas en las que existía opinión pública y se habían pronunciado en contra de una monarquía que sólo estaba representada a nivel local por los caciques.

Alegoría de la Segunda República Española
Fuente: Wikimedia Commons / CC-BY-SA 1.0

Desde aquella tarde, empiezan a surgir manifestaciones exigiendo la república prácticamente en todas las ciudades. Ante estos acontecimientos, los monárquicos se dividen entre dos posiciones representadas respectivamente por Juan de la Cierva, que solicita la salida de la guardia civil para apaciguar todas esas manifestaciones, y por el conde de Romanones, quien al ver que la jefatura de la guardia civil no se decide a salir a la calle provocando una sangrienta represión opta por pedir al rey que abdicara de su puesto. El rey, ante el desarrollo de los acontecimientos, abandonó el país y suspendió el ejercicio de la potestad real. La caída de la monarquía se produjo porque sus representantes se habían identificado en un determinado momento con todo lo que el país consideraba caduco.

El 14 de abril de 1931 se proclama la Segunda República.


 BIENIO REFORMISTA 

La República comienza con la práctica desaparición de los partidos monárquicos y con los firmantes del Pacto de San Sebastián contra la Monarquía que se erigen en Comité Revolucionario. Para preparar un nuevo marco político era necesario la formación de un gobierno provisional, el presidente del mismo será Niceto Alcalá-Zamora y su programa está basado en el programa del Pacto de San Sebastián (reforma agraria, libertad de cultos...). El Gobierno Provisional convocó inmediatamente Cortes Constituyentes para redactar una nueva constitución, esas Cortes serían elegidas a través del sufragio universal de los varones mayores de 23 años. Las elecciones fueron convocadas para el día 28 de Junio.

Composición de las Cortes Constituyentes tras las elecciones legislativas de 28 de junio de 1931 

El parlamento resultante de las Elecciones a Cortes Constituyentes de 28 de junio de 1931 tuvo por misión la de elaborar y aprobar una Constitución el día 9 de diciembre del mismo año. La Constitución de la Segunda República Española supuso un avance notable en el reconocimiento y defensa de los derechos humanos y en la organización democrática del Estado: recogió la protección de derechos y libertades individuales y sociales y amplió el derecho de sufragio a los ciudadanos de ambos sexos mayores de 23 años. Entre las principales características de la Constitución de 1931 podemos destacar:



PRINCIPIOS CONSTITUCIONALES
-   España es una República de Trabajadores (igualdad ante la ley)
-   Soberanía Popular
DERECHOS CONSTITUCIONALES
Explicita los derechos del ciudadano
RELIGIÓN
Estado Laico (separación Iglesia - Estado)

PODER LEGISLATIVO
-   CÁMARA ÚNICA: PARLAMENTO
-   Sufragio Universal masculino y femenino

PODER EJECUTIVO
-   República unitaria
-   Presidente electo controlado por el Parlamento
PODER JUDICIAL
Unidad Leyes
ADMINISTRACIÓN LOCAL
Elección popular



Esquema Constitución 1931


Formado el 15 de diciembre de 1931, tras aprobarse la Constitución de 1931, el Bienio Reformista constituye una etapa dirigida por un gobierno de coalición de republicanos de izquierda y de socialistas presidido por Manuel Azaña, y con Niceto Alcalá-Zamora como presidente de la República. En sus primeras medidas intentan arreglar lo que consideraban los grandes problemas anteriores de España coincidiendo con la ideología que estos partidos representaban. Entre ellas se pueden destacar estas áreas:

1.   Agricultura: la Ley de Reforma Agraria preveía la expropiación de grandes fincas no cultivadas directamente por sus dueños, tierras incultas... Para ello se creó el Instituto para la Reforma Agraria. El I.R.A. confiscaba las tierras y las pasaba a las Juntas Provinciales y éstas a los campesinos que previamente habían decidido sobre su explotación individual o colectiva.
2.   Regionalismo: se adecuó el Estatuto de Cataluña a la Constitución de 1931 y se aprobó (no sin oposición) el 9 de septiembre de 1932. Esto convirtió a Cataluña en región autónoma y sirvió de apoyo a otros regionalismos.
3.   La cuestión militar: Azaña lleva a cabo una reforma en profundidad del Ejército para hacerlo más eficaz y moderno y para someterlo al poder civil. Para ello, tomó dos medidas: una, obligando a los oficiales a jurar la bandera republicana, y otra, ofrecerles el retiro cobrando el sueldo íntegro. Con la primera se garantizaba el apoyo del estamento militar, con la segunda acababa con el problema de macrocefalia (un exceso de oficiales arrastrado desde la época primorriverista). Muchos militares se acogieron. Estas dos medidas fueron acompañadas del cierre de la Academia Militar de Zaragoza, que sacaba todos los años todavía más promociones de oficiales.
4.   Educativo-social: en dos años se abren miles de escuelas, más que en los treinta de monarquía alfonsina. Los objetivos prioritarios fueron acabar con el analfabetismo y promover la enseñanza laica. La gran renovación pedagógica que acompañó esta reforma introdujo importantes novedades,  entre  ellas,  las aulas  mixtas. 


Niceto Alcalá-Zamora (1931)
Fuente: Bundesarchiv, Bild 102-12783 / CC-BY-SA

Ante el descalabro de las elecciones donde las izquierdas obtuvieron una fácil victoria, la derecha y el catolicismo político organizaron en poco tiempo un partido político que representara sus intereses y al que bautizaron como Acción Nacional y que constituiría el núcleo de la futura Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). De esta forma, se genera un nuevo mapa político que se completaría con el único diputado monárquico, el conde de Romanones, y que tendría el siguiente esquema:

A partir de 1932, el gobierno azañista tendría que hacer frente a tres tipos de oposición:
  
  1. La derecha política: que aprovecha el anticlericalismo de algunas medidas para que se le una el movimiento católico dentro de sus esferas políticas formando una nueva coalición, la CEDA (que surge a principios de 1933), cuyo líder será José María Gil-Robles.
  2. El centro político: La oposición centrista está representada sobre todo por el Partido Radical de Alejandro Lerroux, desvinculado de los socialistas, y que practica obstruccionismo parlamentario.
  3. La izquierda: El gobierno de Azaña recibe la oposición de quienes son aún más radicales que ellos. Este es el caso de sindicatos como la CNT que resurge tras haber sido prohibida durante la dictadura de Primo de Rivera. En la época estaba compuesta sobre todo por faistas (anarquistas) y socialistas terceristas (partidarios de abandonar la II Internacional para ingresar en la III Internacional).
El papel del gobierno en la represión de los motines campesinos añadió un factor más al descontento popular, que se unía al de la esfera política. En septiembre de 1933, Azaña tuvo que dimitir como consecuencia de las desavenencias políticas entre los partidos que le apoyaban (PSOE, Izquierda Republicana y Partido Radical) a propósito de los hechos de Casas Viejas, y de su incompatibilidad con el presidente de la República, Alcalá-Zamora. Ante las dificultades de  formar un nuevo gobierno, Alcalá-Zamora disolvió las Cortes y convocó elecciones para el 19 de noviembre.

 BIENIO CONSERVADOR 

Las nuevas elecciones muestran un panorama radicalmente distinto al de dos años antes. Con una derecha organizada, y aglutinada en torno a la CEDA y con una izquierda dividida y recibiendo la contracampaña de la CNT, el resultado no podía ser otro que el hundimiento de las izquierdas dejando como victoriosos al centro político del Partido Radical y a la CEDA como el gran partido de derechas.

Tras las elecciones, las primeras en que participan las mujeres; a la CEDA no se le encarga formar gobierno (a pesar de haber sido la fuerza que consigue más diputados) al no haber hecho pública su adhesión a la República. A quien sí se le encarga formar gobierno es al Partido Radical, que procede desde un primer momento a tratar de derogar la legislación republicana anterior y eliminar a todos los concejales y alcaldes de izquierdas. Esta labor se centra en:

  1. Agricultura: Paralizar la Reforma Agraria.
  2. Regionalismo: Se vacía de contenido al estatuto de Cataluña.
  3. La cuestión militar: Se devuelve el poder a los militares reaccionarios y se reabre la Academia Militar de Zaragoza (de la que el general Franco era el director).
  4. La cuestión educativa-social: se paraliza el plan de educación y de creación de escuelas.
El gran problema acontece cuando la CEDA quiere introducir en el ejecutivo radical a tres ministros procedentes de sus filas, a lo que se oponen los partidos izquierdistas porque temían el auge del fascismo y su posible entrada en España. Una campaña de huelgas por todo el país daría paso a alzamientos armados de gravedad en Asturias y Cataluña. En algunos puntos localizados de las áreas latifundistas el levantamiento armado revistió también extrema violencia. El gobierno se ve obligado a enviar al ejército traído desde África y dirigido por el general Franco para sofocar la rebelión.

Tras estos hechos, la CEDA se configura como fuerza dominante: se castigaron a los responsables de  la sublevación, se suspendió el estatuto de autonomía catalán, militares famosos de dudosa lealtad republicana fueron ascendidos (como Fanjul, Goded o Franco) que en parte serían los protagonistas del alzamiento contra la República del 36 y que desembocaría en la Guerra Civil. Se llegó a barajar también la posibilidad de reformar la Constitución de 1931.

Alejandro Lerroux (1931)
Fuente: Bibliothèque nationale de France

El escándalo del caso del estraperlo supuso la puntilla para un gobierno débil tras la salida de Lerroux (el Partido Radical estuvo salpicado con la mancha de la corrupción). Este caso puso punto y final al Bienio Conservador tras la convocatoria de elecciones para febrero de 1936.

 EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR 

Manuel Azaña, tras los sucesos de la revolución de 1934 (por los que había sido encarcelado) y conocedor de los fallos izquierdistas en las anteriores elecciones, alcanza un pacto para unir a la izquierda republicana. El resultado es el Frente Popular. La victoria azañista en las elecciones del 36, permite al Frente Popular centrarse en sus objetivos principales: eliminar la legislación del gobierno anterior (volviendo a las líneas políticas seguidas en su primer gobierno) y lograr la amnistía de los presos políticos.


Manuel Azaña (1932)
Fuente: Bibliothèque nationale de France

En líneas generales, el Partido Radical se hundió y el poder de la CEDA decrece. Frente a la coalición electoral de las izquierdas, las derechas no pudieron oponer como en 1933 un frente homogéneo, porque la CEDA, en su intento de obtener el poder y evitar el triunfo de la izquierda, se alió en unas circunscripciones con las fuerzas antirepublicanas (monárquicos alfonsinos, carlistas) y en otras con el centro-derecha republicano (radicales, demócrata-liberales, republicanos progresistas), por lo que fue imposible presentar un programa común. Lo que pretendía formar Gil Robles era un "Frente Nacional Antirrevolucionario" o un “Frente de la Contrarrevolución”, basado más en consignas “anti” que en un programa concreto de gobierno.

Las elecciones con la más alta tasa de participación de la República (la CNT no siguió pidiendo la abstención) propician un marco político inestable con el PSOE como partido más votado pero dividido en dos bandos: el radical (de tendencia filocomunista y representado por Largo Caballero) y el moderado (más abierto a colaborar con los republicanos con Indalecio Prieto a la cabeza). Estas divergencias provocarán que el PSOE no sea el que forme gobierno sino el Partido Radical-Socialista que no contaba con el apoyo de la calle.

Azaña, tras su nombramiento como presidente de la República, nombra como presidente del Consejo de Ministros a Santiago Casares Quiroga cuyo débil gobierno no pudo evitar la radicalización de la sociedad entre la derecha (representada por la falange y los requetés) y la izquierda (por anarquistas y comunistas) ni la sublevación militar de julio de 1939, que acabó con la Guerra Civil Española.


Esquema de las principales líneas políticas
seguidas durante la República



La Segunda República,
subido por JohnyGajete a https://www.youtube.com

lunes, 6 de agosto de 2012

Ideología y partidos políticos en la España contemporánea. - Parte 10

En los artículos referentes a este epígrafe se intentará realizar un análisis dirigido al surgimiento y evolución de los partidos políticos en España hasta la configuración actual de los mismos. En este artículo veremos que el nuevo sistema político configurado a través de la monarquía borbónica no satisface a todos. La oposición al mismo se hace cada vez más evidente y la inestabilidad del este solo podrá asegurarse tras un golpe militar que establece una dictadura dentro del sistema monárquico y que se personará en la figura de Miguel Primo de Rivera.

Enlaces relacionados:
- La Restauración borbónica.
- La crisis del bipartidismo y las nuevas clases políticas.


 LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA  

Entre 1913 y 1923 se produce la descomposición del sistema de la Restauración y coincidió con una situación de crisis social europea generalizada, en un ambiente marcado por la Primera Guerra Mundial. En España, los grandes temas políticos del período fueron la descomposición del sistema de partidos dinásticos; la agudización de la problemática del pretorianismo militar; y una situación de crisis social, especialmente en las zonas agrarias de fuerte latifundismo y en Barcelona donde a estos aspectos se unía el debate nacionalista.


Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera (1930)
Fuente: Bundesarchiv, Bild 102-09411 / CC-BY-SA 3.0

La crisis del sistema político de la Restauración vendrá marcada en buena medida por la desaparición física de los grandes líderes que promovieron y sustentaron el sistema y que convertirá a los grandes partidos del turno, ahora en decadencia, en meras “camarillas” debido a su fragmentación y agrupamiento en torno a distintas “familias” como los datistas, mauristas y ciervistas (que apoyaban a Eduardo Dato, Antonio Maura y Juan de la Cierva, respectivamente); procedentes todos del bando conservador, o los romanistas, garciaprietistas y albistas (que apoyaban al Conde de Romanones, Manuel García Prieto y Santiago Alba); procedentes del liberal.

Este gran puzzle político dificultará la “fabricación” de las elecciones y provocará actos de indisciplina en los partidos y varias crisis de gobierno. De 1917 a 1923, entre gobiernos de concentración y alternancia de liberales y conservadores, muy divididos en personalidades enfrentadas, se formaron 13 gobiernos y hubo 30 crisis ministeriales. La media de duración de los distintos gobiernos fue de apenas seis meses (lo que indica de forma muy reveladora hasta qué punto la situación era inestable).

El problema de los militares y la cuestión marroquí se sumaron a esta desesperante situación política. Si bien el canovismo rechazó la injerencia de los militares en la política, el planteamiento se vino abajo a partir de 1917 cuando en el ejército español se crean las Juntas Militares de Defensa (que en la práctica actuaban como auténticos sindicatos). Las Juntas reclaman mejoras de toda índole para los militares españoles (como los ascensos por antigüedad) y buscan acabar con la discriminación de estos con respecto a los militares norteafricanistas, que ascendían más rápidamente. Esto suponía una vuelta del estamento militar a la vida política y provocaría la caída de García Prieto, incapaz de controlar a los cabecillas de la revuelta militar. Este panorama se cerraría con el llamado Desastre de Annual de 1921.

A esta crisis política, se uniría una creciente inestabilidad social, de la que no es ajena el empuje movilizador de la Revolución Rusa de 1917. La crisis social provenía en buena medida de los hechos acaecidos durante el denominado Trienio Bolchevique (donde entre 1918 y 1921 se produjeron revueltas, manifestaciones y huelgas duramente reprimidas en la mitad sur de España, especialmente en el campo andaluz) y se centraría en Barcelona. En sus calles, llegaron a enfrentarse a tiro limpio dirigentes patronales y sindicales anarquistas. Sin olvidar ciertas oscuras relaciones de la patronal con las autoridades militares y policiales locales.

El rey Alfonso XIII observa a Primo de Rivera entre sus oficiales (1923)
Fuente: Bundesarchiv, Bild 102-09413 / CC-BY-SA

Este es el contexto en el que el 12 de septiembre de 1923 se produce el golpe de estado de Primo de Rivera, que ha dado lugar a varias interpretaciones. Así, Tussell defiende que el golpe de estado liquidó a un sistema ya viejo y caduco dando salida, por la fuerza, a una situación sin solución de continuidad ya que ni monárquicos ni republicanos aportaban nada novedoso. El socialismo, por su parte, iba “perdiendo fuelle” y el PSOE en 1923 disponía únicamente del 75% de los afiliados con los que contaba en 1917, a causa principalmente del fracaso de las huelgas de 1920-21 y de la división del movimiento obrero como consecuencia de la aparición de los primeros partidos comunistas en la década de los veinte. Por otro lado, Ben Ami es de la opinión de que Primo de Rivera no mató a un viejo sino a un recién nacido, por lo que abortó un proceso que estaba intentando regenerar desde dentro el sistema oficial haciendo dimitir al gobierno liberal.

 EL INTENTO DE PARTIDO ÚNICO  

Miguel Primo de Rivera fue nombrado capitán general de Cataluña en 1922. Conocedor directo de la agitación social en la región, se había manifestado desde allí como partidario de la “mano dura” con el sindicalismo obrero. Los generales que intrigaban para la organización de un golpe contra el gobierno desde Madrid, el denominado “cuadrilátero”, ofrecieron a Primo de Rivera el mando de un movimiento que debía “salvar la monarquía y acabar con los políticos profesionales”. Ante esta situación golpista, Alfonso XIII, inoperante tras la consiguiente dimisión de García Prieto, terminó por llamar a Primo de Rivera para formar nuevo gobierno. El día 15, mediante Real Decreto le confería el cargo de “presidente del Directorio Militar encargado de la gobernación del Estado”.

Primo de Rivera y Alfonso XIII junto al Directorio Militar
Fuente: Bundesarchiv, Bild 102-09412 / CC-BY-SA

Primo de Rivera creaba así un Directorio Militar bajo su presidencia que actuaba como un gobierno conjunto, sin ministerios, formado por generales y un contralmirante. El esquema se completaba mediante la proclamación del estado de guerra, que estuvo vigente desde la tarde del 14 de septiembre de 1923 y hasta el 16 de marzo de 1925 (por lo que formalmente la Constitución de 1876 no fue derogada). Se suspendieron también las garantías constitucionales sobre las detenciones, las libertades de expresión, reunión, asociación, así como la prohibición de la CNT y el PCE. El 15 de septiembre se declararon disueltos el Congreso de Diputados y el Senado.

El Directorio Militar empezará a tomar medidas rápidamente, centrándose en:

  1. El terrorismo en Barcelona.
  2. La guerra marroquí, cuyo problema se intentó solucionar mediante el desembarco en Alhucemas.
  3. Alentar una política de fomento de las obras públicas, para mejorar la economía.
Sus medidas fueron, en general, exitosas pero se apega al poder y, en lugar de retirarse de la dirección del estado como se había previsto, en 1925 diluye el Directorio Militar y crea un gobierno de civiles adictos a su régimen (el llamado Directorio Civil).

Desembarco en Alhucemas (1925) durante la Guerra del Rift
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Desde 1924, los sectores ultracatólicos quisieron rentabilizar el apoyo a Primo de Rivera formando grupos de presión llamados “Formaciones de ciudadanos selectos”. Aunque no fueran formados por el dictador, éste verá su creación con buen agrado y a partir de abril de 1924 estableció directrices para estimular la reunión de “hombres de buena voluntad” (como debían ser, sin duda, aquellos que las integraban). Este será el germen de lo que empezó a denominarse como Unión Patriótica a la que podríamos definir como un partido político personalista y gubernamental (se crea desde el poder) y que, por esas mismas características, su suerte estaba unida a la de la dictadura primorriverista. En su ideología parece que tuvo cierto peso la figura del gaditano José María Pemán pero es el propio Primo de Rivera el que marca la línea ideológica del partido: rechazo de los ideales propios de la democracia liberal, desprecio del sistema parlamentario, unicameralismo corporativista, nacionalismo centralista antirregionalista y defensa de la religión católica.  El general definió la Unión Patriótica como “un partido central, monárquico, templado y serenamente democrático” pero como partido tenía como finalidad hacer propaganda de la imagen del dictador y divulgar la ideología del régimen.

Con el apoyo de la Unión Patriótica, la dictadura buscó tres claros objetivos políticos:

1.    Traspasar a manos civiles algunas tareas que desde el golpe militar desempeñaban estos últimos, y con la finalidad de evitar el desgaste.
2.    Encontrar colaboradores civiles para construir la Administración del Estado.
3.    Crear un vehículo de unión y comunicación entre gobierno y sociedad dotando a la dictadura de un movimiento de apoyo ciudadano.

En la práctica, el partido careció de vida propia porque Primo de Rivera no dio demasiada libertad para organizar el partido. En 1926, en la Asamblea Nacional del Partido se aprobaron los estatutos con los órganos de gobierno del mismo. Así encontramos:

  1. Jefe Nacional: el propio Primo de Rivera.
  2. Comité Ejecutivo: constituido por los consejeros del Jefe Nacional.
  3. Asamblea Representativa: una asamblea amplia con representantes de todas las agrupaciones locales.
En realidad todo volvía a ser como antes ya que hasta los asuntos más nimios estaban en manos del dictador. La Unión Patriótica intentó convertirse en un partido de masas recogiendo, fundamentalmente, afiliados de tres grupos distintos:

  1. Del catolicismo político, que constituía el germen del partido.
  2. De la Administración, ya que en la pertenencia al partido los burócratas y el funcionariado encontraban una forma de ascender.
  3. De los antiguos caciques monárquicos, que buscaban una forma de conservar su poder político.
El fallo principal de la Unión Patriótica fue la falta de iniciativa propia por ser, por definición, un partido creado por y para el poder. Con la caída de la dictadura, sus partidarios intentarán continuar bajo el nombre de Unión Monárquica Nacional pero su creciente desprestigio alcanzó su cénit en el fracaso que constituyó las elecciones de 1931.

Esquema sobre la dictadura de Primo de Rivera
Como hemos señalado, en 1925 Primo de Rivera elimina el Directorio Militar y dispone un gobierno civil para perpetuarse en el poder pero lo cierto es que su política le granjea un buen número de enemigos como intelectuales, la oposición política (socialistas y republicanos, sobre todo), compañeros de armas (a los que no tiene en cuenta cuando disuelve el Arma de Artillería), políticos monárquicos o estudiantes; además de tener que sufrir las consecuencias de la crisis de 1929. Cuando todas estas oposiciones actúan coincidiendo en el tiempo se produce un rumor de golpe de estado y al no obtener el apoyo real (como sí ocurrió cuando llevó a cabo el golpe), Primo de Rivera decide abandonar el gobierno. Esta vicisitud obligará al rey a tener que pedirle al general Berenguer que forme un gobierno hasta 1931. Este período es conocido por muchos como la “dictablanda”.

El proyecto del general Dámaso Berenguer fracasa en medio del rechazo tanto de políticos monárquicos como de partidos antimonárquicos acabando con su proyecto de vuelta a la normalidad. Berenguer fue sustituido de su cargo de presidente del gobierno por el almirante Aznar. Éste último se pondría en manos de viejos políticos como el conde de Romanones y decide celebrar elecciones municipales con el propósito luego de convocar otras generales.

La dictadura de Primo de Rivera
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