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lunes, 9 de febrero de 2015

La Segunda Guerra Mundial: Orígenes del conflicto

Los años 30 del siglo XX serán testigos del ascenso de los movimientos fascistas e hipernacionalistas. La llegada al poder de dichos movimientos implicará la aparición de las dictaduras y los regímenes totalitarios. El fascismo y el nazismo implantarán una voraz maquinaria alimentada por un odio de tales porporciones que, una vez en marcha, sólo podía ser detenida mediante una guerra de dimensiones globales. Al final de la década la violenta actividad de estos regímenes derivará en la llamada Segunda Guerra mundial. 

Enlaces relacionados:
Crisis económica en el período de entreguerras: el Crack de 1929.
La Primera Guerra Mundial: los Tratados de Paz y las consecuencias a largo plazo.
Los totalitarismos hipernacionalistas: Características de los fascismos.
- La Segunda Guerra Mundial: características y los virajes hacia la guerra.
La Segunda Guerra Mundial: desarrollo de la contienda.
- La Segunda Guerra Mundial: las conferencias de paz y las repercusiones de la guerra.


 LA SITUACIÓN EN LOS AÑOS TREINTA

En los años 30 del siglo XX, la situación de Europa venía marcada por las condiciones impuestas por la Conferencia de Paz de París, de 1919. Pero ni Alemania, ni Italia, ni la URSS estaban satisfechas con aquellas condiciones; eran potencias revisionistas o descontentas; dispuestas incluso a recurrir a la guerra para imponer el cambio. Sin embargo, Gran Bretaña, Francia y EE.UU.; las grandes vencedoras de la Gran Guerra; eran potencias satisfechas puesto que las condiciones impuestas en la Conferencia les beneficiaban enormemente. Así que, mientras los dictadores se hacían con el poder en algunos países europeos y se volvían más beligerantes en el exterior, las democracias occidentales temían cualquier cambio en la dinámica internacional y se hallaban dominadas por un profundo pacifismo.


Mitin del partido nazi en Núremberg (1938)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 183-H12148 / CC BY-SA 3.0

En Francia, 1’4 millones de franceses habían muerto en la Primera Guerra Mundial, y los franceses no podían concebir que tal holocausto pudiera repetirse. Por lo tanto, la estrategia francesa era defensiva y de escaso número de hombres. Si la guerra estallaba, los franceses esperaban sostenerla en unas bien construidas fortificaciones, llamadas la Línea Maginot, levantada en la frontera oriental con Alemania, mientras en el norte la zona boscosa de las Ardenas sería una barrera natural. Una situación similar predominaba en Gran Bretaña y EE.UU. Se recordaban las pérdidas y la matanza de la Gran Guerra, y todos sabían que otra guerra sería más terrible aún. Los gobiernos creían que podía encontrarse un medio de satisfacer o apaciguar las demandas de los dictadores. El gobierno de EE.UU., tras la debacle de la crisis económica fruto de la Gran Depresión, seguía en la práctica una política rigurosamente aislacionista.

En cuanto a los gobernantes de la URSS, eran revisionistas y estaban insatisfechos en el sentido de que no aceptaban las nuevas fronteras de la Europa Oriental, ni las pérdidas territoriales sufridas por Rusia en la Gran Guerra. Estaban alarmados por los signos que mostraban las agresivas intenciones de Alemania; Hitler había declarado que se proponía destruir el bolchevismo y someter grandes extensiones de la Europa Oriental a Alemania. Los Soviets estaban interesados por la seguridad colectiva. En 1934 ingresaron en la Sociedad de Naciones y dieron instrucciones a los partidos comunistas para que trabajasen con los socialistas y con los liberales formando los llamados Frentes Populares. Ofrecieron ayuda para contener a los agresores fascistas, firmando pactos de ayuda mutua con Francia y con Checoslovaquia. Pero muchos pueblos desconfiaban de los motivos soviéticos, o pensaban que los dictadores fascistas podían ser desviados hacia el Este, contra la URSS, con lo que se salvarían las democracias occidentales.

Mapa de Europa tras la Paz de París (1923), traducido por Dove
Fuente: Wikimedia commons / Map Europe 1923-fr.svg / CC BY-SA 3.0


 POLÍTICA EXTERIOR AGRESIVA V/S PACIFISMO INTERNACIONAL

Adolf Hitler percibió todas aquellas debilidades. En 1933, tras tomar el poder, retiró a Alemania de la Sociedad de Naciones y de la Conferencia de Desarme que entonces estaba celebrándose. En enero de 1935, la Sociedad de Naciones celebró un plebiscito en el Sarre de acuerdo con las estipulaciones del Tratado de Versalles. En medio de una intensa agitación nazi, el Sarre votó por la incorporación al Reich. Dos meses después, en marzo de 1935, Hitler rechazó las cláusulas del Tratado de Versalles, que pretendían mantener a Alemania desarmada, y reconstituyó abiertamente las fuerzas armadas alemanas. Francia e Inglaterra protestaron contra aquella actitud, pero no emprendieron ninguna acción concreta. En 1936, Hitler rechazó los acuerdos de Locarno y ocupó nuevamente la Renania, que se suponía que era una zona desmilitarizada. En Francia se habló de actuar, pero el gobierno francés estaba dividido y no se hallaba dispuesto a actuar sin Inglaterra; y los ingleses no iban a correr el riesgo de una guerra para impedir que tropas alemanas ocupasen suelo alemán. En 1937, la agitación nazi se encendió en Danzig que el Tratado de Versalles había instituido como ciudad libre. En 1938, fuerzas alemanas entraron en Austria, y la unión política de Alemania y Austria (pacífica), el llamado "Anschluss", al fin se consumó. En septiembre de 1938 le llegó el turno a Checoslovaquia.


Entrada de Hitler en Viena tras la anexión de Austria (1938)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 146-1972-028-14 / CC BY-SA 3.0

Mientras tanto, Benito Mussolini también tenía sus propias ambiciones. Desde 1919, los italianos habían estado descontentos de los acuerdos de paz. No habían recibido nada de los antiguos territorios turcos ni de las antiguas colonias alemanas. En 1935, Italia atacó a Etiopía. La Sociedad de Naciones declaró que la acción italiana constituía una agresión injustificada e impuso sanciones a Italia, en virtud de las cuales los miembros de la Sociedad de Naciones debían abstenerse de vender a Italia armas ni materias primas. Sin embargo, Francia e Inglaterra no se movieron, y Mussolini pudo así derrotar a Etiopía, uniéndola a la Somalia italiana y a Eritrea, en un imperio italiano africano-oriental. La Sociedad de Naciones también ahora fracasó, como en el caso de la ocupación de Manchuria por Japón, a la hora de crear un mecanismo que permitiese una acción disciplinaria contra una gran potencia desobediente.

En 1936, estallaría en España la Guerra Civil, lo cual proporcionaría la ocasión de un ensayo general de la guerra de mayores proporciones que se avecinaba. Alemania, Italia y la URSS experimentaron su equipamiento militar, sus tanques y aviones en batallas reales. España se convirtió en el campo de batalla de dos ideologías opuestas: fascista y antifascista.

Entrada del general Matsui en Nankín (1937)
Fuente: Wikimedia commons

Esta guerra contribuyó a unir a Alemania y a Italia. En 1936, tras el estallido de la guerra española, Hitler y Mussolini llegaron a un acuerdo que ellos llamaron el Eje Roma-Berlín. Aquel año, Japón firmó con Alemania un Pacto Anti-Komintern, ratificado luego también por Italia, surgiendo así el llamado Eje Roma-Berlín-Tokio. En 1937, Japón, tomando como pretexto unos disparos realizados contra fuerzas japonesas cerca de Pekín, lanzó una nueva invasión a gran escala de China, controlando en poco tiempo la mayor parte de este país. La Sociedad de Naciones condenó también ineficazmente la acción japonesa.

La Segunda Guerra Mundial en HD - Ep.1: Antecedentes
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En 1938, la tensión en Europa aumentaba rápidamente. Con la anexión de Austria en 1938, Hitler sumó unos 6 millones de alemanes al Reich. Otros 3 millones de alemanes vivían en Checoslovaquia. Ésta tenía una firme alianza con Francia, que reiteradamente le había garantizado que la defendería contra un ataque alemán, y una alianza con la URSS. Tenía un ejército bien preparado, importantes industrias y sólidas fortificaciones contra Alemania, que, sin embargo, estaban situadas en la zona fronteriza sudete, donde la población era alemana en gran medida. Hitler aspiraba a la unión de la región de los Sudetes con Alemania. En mayo de 1938, los rumores de una inminente invasión alemana indujeron a los checos a movilizarse; Rusia, Francia e Inglaterra formularon advertencias. Los franceses estaban nerviosos y aceptaron la dirección de Inglaterra, que en los meses siguientes se esforzó por evitar cualquier actitud dura que pudiera precipitar la guerra. Los checos, bajo la presión de Inglaterra y Francia, ofrecieron amplias concesiones a los alemanes sudetes, que llegaban hasta la autonomía regional; pero aquello no fue suficiente para satisfacer a Hitler, quien proclamó que la situación de los alemanes en Checoslovaquia era intolerable y debía ser corregida.
Llegada de Chamberlain a Múnich (1938)
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Como la tensión subía, en septiembre de 1938, Chamberlain, Primer Ministro inglés, voló dos veces a Alemania para conocer las pretensiones de Hitler; la segunda vez, Hitler aumentó sus exigencias, hasta el punto de que eran inaceptables. La movilización comenzó; la guerra parecía inminente. De pronto, en medio de una gran tensión, Hitler invitó a Chamberlain y a Daladier, Primer Ministro francés, a una conferencia de 4 potencias en Múnich, a la que también asistiría Mussolini. Se excluía a la URSS y a la propia Checoslovaquia. En Múnich, Chamberlain y Daladier aceptaron las condiciones de Hitler. Se acordó que Alemania se anexionase la región de los Sudetes, donde la mayoría de la población era alemana. Aquella franja montañosa abarcaba los accesos y las fortificaciones, de modo que su pérdida dejaba a Checoslovaquia militarmente indefensa. Después de formular promesas de garantizar la integridad de lo que restaba de Checoslovaquia, se levantó la conferencia.

La crisis de Múnich revelaba la debilidad en que las democracias occidentales habían caído en 1938. Las potencias occidentales amaban la paz y la comprarían a un alto precio, sin atreverse a pensar que estaban tratando con un chantajista, cuyo precio sería cada vez mayor.

En marzo de 1939, Hitler entró en Bohemia-Moravia, la parte realmente checa de Checoslovaquia, transformándola en un protectorado alemán. Checoslovaquia, recortada en Múnich, ahora desaparecía del mapa. Además, Hitler exigía Danzig y el Pasillo Polaco. Gran Bretaña y Francia se daban cuenta de que los propósitos del Führer no se limitaban a los territorios alemanes, sino que era insaciable y nunca se le podía apaciguar. Al mismo tiempo, en abril de 1939, Mussolini se apoderaba de Albania.
Hitler pasa revista a la guardia del castillo de Praga (1939)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 183-2004-1202-505 / CC BY-SA 3.0

Las potencias occidentales comenzaban ahora a hacer preparativos militares. Mientras tanto, los rusos pensaban, con razón, que lo que los franceses e ingleses querían era que la URSS recibiese los primeros golpes del ataque nazi. En agosto de 1939, los Soviets firmaron un tratado de no agresión y de amistad con la Alemania de Hitler. En un protocolo secreto se acordaba que, en cualquier futuro reajuste territorial, la URSS y Alemania se repartirían entre ellas Polonia, que la URSS disfrutaría de una influencia predominante en los estados bálticos, y se le reconocía su derecho a Besarabia, de la que Rumania se había apoderado en 1918. A cambio de ello, los Soviets se comprometían a no intervenir en ninguna guerra entre Alemania y Polonia, ni entre Alemania y las democracias occidentales.

El Pacto nazi-soviético asombró al mundo. El comunismo y el nazismo, conocidos como enemigos ideológicos, se habían unido. El pacto fue reconocido como la señal para comenzar la guerra; todas las negociaciones de último momento fracasaron. Los alemanes invadían Polonia el 1 de septiembre de 1939; el 3 de septiembre, Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a Alemania. La Segunda Guerra Mundial había comenzado.

La Segunda Guerra Mundial en HD - Ep.3: Austria y Checoslovaquia
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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Los totalitarismos hipernacionalistas: el nacionalsocialismo alemán

La Primera Guerra Mundial supone un triunfo para la democracia moderna. Sin embargo, la situación económica y social en una difícil posguerra permite el ascenso de los movimientos fascistas e hipernacionalistas. La llegada al poder de dichos movimientos implicará la aparición de las dictaduras y los regímenes totalitarios. El culmen de este proceso se da en Alemania; donde elementos como el nacionalismo, el militarismo y el racismo se unen para formar una de las más crueles ideologías que ha concebido el ser humano. El nazismo implantará una maquinaria alimentada por el odio de tales porporciones que, una vez en marcha, sólo podía ser detenida mediante una guerra de dimensiones globales.  

Enlaces relacionados:
Crisis económica en el período de entreguerras: el Crack de 1929.
La Primera Guerra Mundial: los Tratados de Paz y las consecuencias a largo plazo.
Los totalitarismos hipernacionalistas: Características de los fascismos.
- Los totalitarismos hipernacionalistas: el fascismo italiano.


 ADOLF HITLER Y EL ASCENSO DEL NACIONALSOCIALISMO

Nacido en Austria en 1889, Adolf Hitler no era un intelec­tual y nunca fue socialista. Se consideraba a sí mismo como un germano puro y ya en su juventud se mostró violentamente antisemita. Hijo de un agente de aduanas y nacido en los alrededores de Linz, fue rechazado por la Academia de Bellas Artes de Viena y en 1913 se trasladó a Baviera, donde estuvo hasta que sirvió en la I Guerra Mundial, en el ejército alemán. Ya en aquella época, hablaba en contra de judíos y marxistas, a los que acusaba de robar a la nación y no cumplir con sus deberes patrióticos. De hecho, la creencia popular era que el ejército alemán terminó la guerra invicto pero que fue traicionado por políticos socialistas que presionaron para firmar un armisticio donde fueron humillados.

Adolf Hitler durante un desfile nazi en Weimar, por Georg Pahl (1930)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 102-10541 / CC BY-SA 3.0

Tras la guerra, regresó a Baviera. Ésta constituía un importante foco de la ofensiva comunista en Europa Central. Pero esta "amenaza comunista" hizo de Baviera un activo centro de todo tipo de agitación contrarrevolucionaria. Allí pululaban las sociedades secretas capitaneadas por oficiales del ejército descontentos o por otros individuos a quienes resultaba difícil adaptarse al nuevo régimen. Un pequeño grupo se llamaba Partido de los Obreros Alemanes, del que Hitler fue uno de los primeros miembros. En 1920 pasó a denominarse Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes (Partido Nazi).

Asamblea del partido nazi en Munich, por Heinrich Hoffmann (1923)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 146-1978-004-12A / CC BY-SA 3.0
Es evidente que en la Alemania de la posguerra la situación económica era difícil. Satisfacer las cláusulas del Tratado de Versalles en las condiciones que éste imponía se antojaba imposible y en 1923, al no recibir los pagos de las reparaciones, el ejército francés ocupó el Ruhr, una de las regiones industriales más prósperas de la nación. Esto suponía un ataque directo a la economía germana. Un clamor de indignación nacional se levantó en todo el país, el hipernacionalismo ganaba adeptos. Hitler y los nacionalsocialistas, que habían conseguido muchos seguidores, denunciaron al gobierno de Weimar por su vergonzosa sumisión a los franceses. Consideraron que era el momento oportuno para tomar el poder y, a finales de 1923, imitando la Marcha de Mussolini sobre Roma, los Camisas Pardas del partido Nazi llevaron a cabo el “Putsch de la cervecería” en Munich. Un fallido golpe de Estado. La policía terminó dominando el disturbio y Hitler fue condenado a 5 años de cárcel, aunque se le puso en libertad antes de un año. En la cárcel escribió un libro, «Mein Kampf» (Mi Lucha), un turbio relato de recuerdos personales, racismo, nacionalismo, teorías de la historia, acoso a los judíos y comentarios políticos.

Acusados del Putsch de Munich, por Heinrich Hoffmann (1924)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 102-00344A / CC BY-SA 3.0

 LA LLEGADA AL PODER

A comienzos de 1924, con los franceses fuera del Ruhr, concertadas las reparaciones y obtenidos préstamos de países extranjeros, Alemania empezó a disfrutar de una asombrosa recuperación. El nacionalsocialismo perdía su atractivo, el partido perdía miembros, Hitler era considerado un charlatán, y sus seguidores una partida de lunáticos. Pero entonces, llegó la gran depresión de 1929. Ningún país sufrió más que Alemania a causa de la crisis económica mundial. Los préstamos extranjeros cesaron o fueron revocados, las fábricas pararon, el número de desempleados llegó a 6 millones. Los votos comunistas aumentaban constantemente, pero las grandes clases medias, que no querían el comunismo, buscaban desesperadamente a alguien que las salvase del bolchevismo. La depresión también agravó el general aborreci­miento alemán del abusivo Tratado de Versalles. Muchos alemanes explicaban la ruina de Alemania por el trato que hablan recibido de los aliados tras la guerra: la reducción de sus territorios, la pérdida de sus colonias, de sus mercados, de su marina mercante y de las inversiones extranjeras, las reparaciones, la ocupación del Ruhr, la inflación...

Esquema sobre las características básicas de los fascismos

Hitler atizó todos aquellos sentimientos con su propaganda. Denunció el Tratado de Versalles como una humillación nacional. Denunció la democracia de Weimar por producir lucha de clases, división, debilidad y charlatanería. Lanzó duros ataques contra los marxistas, los bolcheviques, los comunistas y los socialis­tas. Atacaba los ingresos que no eran producto del trabajo, las ganancias de la guerra, el poder de los grandes trusts y de las cadenas de almacenes, los impuestos injustos. Y sobre todo, denunciaba a los judíos.

Apocalipsis - El ascenso de Hitler: La amenaza
subido por A. C. Parpayuela a https://www.youtube.com

Tras las elecciones de 1928, en que sólo habían obtenido 12 escaños; en 1930 los nazis consiguieron 107 escaños en el Reichstag (constituyéndose como la segunda fuerza política del país); en julio de 1932 aumentaron a 230, aunque seguían sin poder formar gobierno debido a la negativa de Hitler a formar coaliciones que no conllevaran su nombramiento como canciller. Finalmente, en noviembre bajaron a 196. Tras este retroceso, Hitler temió que su momento estaba pasando. Pero determinados elementos conservadores, nacionalistas y antirrepublicanos habían concebido la idea de que Hitler podía serles útil y estar controlado por lo que convencieron al presidente Hindenburg de que la única forma de dar estabilidad al país pasaba por nombrar a Hitler canciller de un gobierno de coalición. El 30 de enero de 1933, por medios totalmente legales, Adolf Hitler pasó a ser canciller de la República Alemana.

Primer gabinete de Hitler en enero de 1933
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 183-H28422 / CC BY-SA 3.0
Hitler no contento con ser canciller de un gobierno de coalición que pretendía controlarle, convocó otras elecciones contando esta vez con el respaldo del poder. Una semana antes de la fecha en que habían de celebrarse, se incendió el edificio del Reichstag. Si bien se desconoce la autoría de este hecho, los nazis, ya en el poder y sin prueba alguna, aprovecharon esta coyuntura para culpar a los comunistas (muchos de sus dirigentes fueron enviados a campos de concentración). Levantaron una terrible alarma roja, suspendieron la libertad de expresión y de prensa, y utilizaron a los Camisas Pardas para que amedrantasen a los electores. Tras las elec­ciones; en las que obtuvieron sólo el 44% de los votos, Hitler, con el pretexto de una emergencia nacional, hizo que un dócil Reichstag le concediese poderes dictatoriales. Empezaba la revolución nazi.

Hitler llamó a su nuevo orden el Tercer Reich. Declaraba que, siguiendo al Primer Reich o Sacro Imperio Romano, y al Segundo Reich o imperio fundado por Bismarck, el Tercer Reich continuaba el proceso de la verdadera historia de Alemania.

Congreso nazi en Núremberg (1934) 
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 102-04062A / CC BY-SA 3.0
Hitler adoptó el título de Führer, y pretendía representar la absoluta soberanía del pueblo alemán. Los judíos eran considera­dos antialemanes. La nueva ciencia racial, cuyo sumo sacerdote era Rosenberg, clasificaba a los judíos como no arios y conside­raba como judío a cualquiera que tuviese un abuelo judío. Las leyes de Núremberg de 1935 privaban a los judíos de todos los derechos ciudadanos y prohibían los matrimonios entre judíos y no judÍos. Los judíos eran golpeados, cazados, expulsados de los cargos públicos, arruinados en sus negocios privados, multados como comunidad, ejecutados. El antisemitismo anunciaba el exterminio físico, durante la guerra, de millones de judíos.

Alemania dejó de ser federal; todos los antiguos estados fueron abolidos, de modo que se proseguía el proceso histórico de la unificación alemana. Todos los partidos políticos fueron disueltos, excepto el nacionalsocialista. Incluso el partido nazi fue violentamente purgado en la noche del 30 de junio de 1934 (la “Noche de los cuchillos largos”), cuando muchos de los antiguos jefes de los Camisas Pardas fueron acusados de conspirar contra Hitler y sumariamente pasados por las armas.

Una policía política secreta, la Gestapo; juntamente con las SS (la guardia personal de Hitler, de amplios poderes y con capacidad para actuar impunemente por encima de la ley) y los Tribunales del Pueblo; y con un sistema de campos de concentración permanentes en los que se retenía a miles de personas sin proceso ni sentencia, suprimieron todas las ideas que discrepasen de las del Führer. Las iglesias, tanto la protestante como la católica, fueron coordinadas con el nuevo régimen, prohibiéndose a sus cleros que criticasen las activida­des nazis. Un Movimiento de la Juventud Nazi, así como las escuelas y las universidades instruían a la nueva generación en los nuevos conceptos. Los sindicatos fueron coordinados también, siendo sustitui­dos por un Frente Nacional del Trabajo. Se prohibieron las huelgas. Bajo el "principio de dirección", se instituyó a los empresarios como pequeños führers en sus fábricas e industrias.

Características generales de los regímenes totalitarios
Se lanzó un gran programa de obras públicas, se organizaron proyectos de repoblación forestal y de saneamiento de zonas pantanosas, se construyeron viviendas y carreteras. Un extenso programa de rearme absorbió a los parados. El gobierno asumía crecientes controles sobre la industria. En 1936, adoptó un plan cuatrienal de desarrollo económico. Alemania se benefició de su situación como principal mercado del que dependían los europeo-orientales. Mezclando las amenazas políticas con los negocios corrientes, los nazis intercambiaban trigo polaco, madera húngara o petróleo rumano, entregando en compensación artículos de los que a Alemania le convenía desprenderse, en lugar de los que los europeo-orientales necesitaban. Para solucionar el problema de las restricciones aduaneras y de las diferencias de monedas, los nazis pretendían la creación de una red de acuerdos bilaterales que asegurarían a todos los pueblos vecinos una salida para sus productos. Pero era una solución en la que los alemanes serán los más industrializados, los más poderosos y los más ricos, y los otros países europeos quedarían relegados a un estatus perpetuamente inferior. Y lo que no pudiera conseguirse mediante los acuerdos comerciales y la penetración económica se conseguiría mediante la conquista y la guerra.

Apocalipsis - El ascenso de Hitler: El Führer
subido por Blog JP a https://www.youtube.com

Pocos años después de 1933, la revolución nazi había convertido a Alemania en una gigantesca y disciplinada máquina de guerra, había liquidado o silenciado a sus adversarios internos, mientras sus hipnotizadas masas bramaban su aprobación en manifestaciones asombrosas.

Esquema sobre algunas características básicas de la subida al poder
del nacionalsocialismo alemán

jueves, 20 de noviembre de 2014

Los totalitarismos hipernacionalistas: el fascismo italiano

La Primera Guerra Mundial supone un triunfo para la democracia moderna. Sin embargo, la situación económica y social en una difícil posguerra permite el ascenso de los movimientos fascistas e hipernacionalistas. La llegada al poder de dichos movimientos implicará la aparición de las dictaduras y los regímenes totalitarios. La primera excepción a la aparente victoria de la democracia en Europa occidental será la de Italia, un país que desde 1861 había aceptado el liberalismo parlamentario, pero donde en 1922, Benito Mussolini se apoderó del control del gobierno e instauró el fascismo.  

Enlaces relacionados:
Crisis económica en el período de entreguerras: el Crack de 1929.
La Primera Guerra Mundial: los Tratados de Paz y las consecuencias a largo plazo.
- Los totalitarismos hipernacionalistas: Características de los fascismos.
- Los totalitarismos hipernacionalistas: el nacionalsocialismo alemán.


 EL NACIMIENTO DEL FASCISMO ITALIANO

En los años previos a la Primera Guerra Mundial, Benito Mussolini era un alto cargo del Partido Socialista de Italia y director del periódico Avanti! (vinculado al partido). Sus radicales opiniones, contrarias a la línea seguida por el partido le valdrán un enfrentamiento con la cúpula del mismo, del que será expulsado. Durante la Guerra, Benito Mussolini abogó por la intervención al lado de los aliados y reclamó la conquista de los territorios italianos situados al norte y al otro lado del Adriático.

Italia había entrado en la Gran Guerra al lado de los aliados en busca de despojos territoriales y coloniales; el Tratado Secreto de Londres (firmado por Italia, Reino Unido, Francia y Rusia) prometía a los italianos ciertos territorios austriacos y una parte de las posesiones alemanas y turcas. Italia perdió más de 600.000 hombres en la guerra, y los delegados italianos acudieron a la conferencia de paz confiando en que sus sacrificios serian reconocidos y sus aspiraciones territoriales satisfechas. Pero el presidente estadounidense Wilson se negó a cumplir las cláusulas del Tratado Secreto de Londres y otras demandas italianas. Los italianos recibieron algunos de los territorios austriacos que se les habían prometido, pero no se les concedió parte alguna de las anteriores posesiones alemanas y turcas.

Benito Mussolini en la plaza del Duomo de Milán (1930)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 102-09844 / CC BY-SA 3.0

Después de la guerra, Italia, al igual que otros países, sufrió la carga de la deuda de la guerra, así como la aguda depresión y el fuerte desempleo de la posguerra. La inquietud social se extendía. En el campo tenían lugar ocupaciones de tierras; los arrendatarios se negaban a pagar las rentas; los campesinos quemaban las cosechas y exterminaban el ganado. En las ciudades estallaban huelgas en las industrias. En marzo de 1919, Mussolini organizó, principalmente con ex-soldados desmovilizados e inquietos, su primera banda de lucha, los fasci di combattimento. Los socialistas moderados y los dirigentes obreros, desaprobaban todo aquel extremismo, pero los socialistas de izquierda, que se habían hecho comunistas y se habían unido a la III Internacional, avivaban el descontento. Mientras tanto, bandas armadas de jóvenes, entre los que destacaban los Camisas Negras o fascistas, armaban camorra en las calles. Socialistas y comunistas (considerados los grandes culpables de la situación) eran blanco habitual de sus acciones. Terratenientes y burgueses industriales no veían con malos ojos este movimiento y se apresuraron a prestarle apoyo.

Emblema del Partido Nacional Fascista, por Nsmn
Fuente: Wikimedia commons / CC BY-SA 3.0

Durante los meses de tumultos, el gobierno se abstuvo de toda acción audaz. El sistema parlamentario italiano nunca había funcionado muy bien, pero ahora se había hundido más todavía. En 1919 se habían celebrado las primeras elecciones de la posguerra, en las que los socialistas y el nuevo Partido Popular Católico obtuvieron grandes triunfos. En 1921, a consecuencia de los disturbios, se celebraron nuevas elecciones. Liberales y demócratas, socialistas moderados y el Partido Popular Católico mantuvieron sus altos números de miembros del Parlamento. El movimiento fascista de Mussolini, convertido ahora en partido político, sólo obtuvo 35 escaños, de un total de más de 500. Pero, a pesar de este resultado, las filas fascistas habían ido engrosándose.

 LA LLEGADA AL PODER DE IL DUCE

Mussolini y los fascistas se habían mantenido, al principio, al lado de los radicales. No desautorizaron las ocupaciones de fábricas, denunciaron enérgicamente a los que se habían enrique­cido con la guerra, y exigieron un alto impuesto sobre el capital y sobre los beneficios. Pero Mussolini no tardó en presentarse con sus fascistas como los defensores de la ley y el orden. Los grandes intereses prestaron ayuda financiera, patriotas y nacionalistas de todas clases se le unieron, y las clases medias y bajas, presionadas por la inflación económica y sin poder encontrar protección o alivio en los sindicatos ni en los movimientos socialistas, también se incorporaron a su movimiento. Poco a poco su movimiento iba adquiriendo masa.

Mussolini y sus Camisas Negras en la Marcha sobre Roma (1922)
Fuente: Wikimedia commons

Los Camisas Negras procedían, mientras tanto, a propinar palizas a los comunistas, a los socialistas y a las personas corrientes que no los apoyaban. Escuadras de vigilancia, los squadristi, rompían huelgas, destruían las sedes de los sindicatos, y arrojaban de sus puestos a los alcaldes y funcionarios municipales socialistas y comunistas legalmente elegidos. Ante la inoperancia del Estado, pasan a controlar estos municipios.

En octubre de 1922 tuvo lugar la ’’Marcha sobre Roma”. Los Camisas Negras comenzaron a afluir sobre la capital desde diversas direcciones para reclamar su derecho a gobernar el país. El gobierno italiano trató de declarar el estado de guerra, pero el rey Víctor Manuel III se negó a aprobarlo, por lo que el ejército no podía intervenir. El gobierno dimitió y el rey encargó a Mussolini que formara gobierno, por lo que fue nombrado Primer Ministro. Todo era perfectamente legal; Italia seguía siendo un gobierno constitu­cional y parlamentario y Mussolini presidía solamente un débil gobierno de coalición (inestable y fácilmente desmontable), y no recibía del Parlamento más que la concesión de plenos poderes de emergencia durante un año para restablecer el orden e introducir reformas.

El dirigente fascista aprovechó al máximo ese año. Antes de la expiración de sus poderes de emergencia, Mussolini, ante la escasez de sus diputados (sólo disponía de los 35 escaños de 1921) obligó al Parlamento a aprobar la Ley Acerbo, según la cual el partido que obtuviese el mayor número de votos en unas elecciones recibiría, automáticamente, los dos tercios de los escaños de la Cámara. Irónicamente, esta ley no fue necesaria. En las elecciones de 1924, los fascistas obtuvieron más de los 3/5 del número total de votos, ayudados por el control gubernamental de la maquinaria electoral y por el empleo de los squadristi, que acosaban e incluso asesinaban a los detractores del partido fascista, como en el caso de Matteoti (por lo que estos resultados hay que verlos en un contexto de violencia, intimidación y fraude electoral).

De esta manera, legal formalmente, empieza el régimen fascista. En pocos años, Mussolini redujo a la nada el Parlamento italiano, restringió el sufragio universal masculino, sometió la prensa a censura, destruyó los sindicatos, despojó a los obreros del derecho a la huelga, controló las actividades de las asociaciones no gubernamentales y abolió todos los demás partidos políticos. Se estableció una policía secreta (la OVRA) y se organizaron tribunales especiales contra los adversarios del régimen.

Características generales del fascismo italiano

Mussolini denunció la democracia como históricamente anticuada y declaró que acentuaba la lucha de clases, dividía al pueblo en incontables partidos minoritarios y conducía al egoísmo, la ambigüedad y la charlatanería. En lugar de la democracia, Mussolini predicaba la necesidad de una acción enérgica, bajo el mando de un dirigente fuerte: adopta el sobrenombre propagandístico de Il Duce, de reminiscencias militares (en latín clásico dux, general o caudillo). Denunció el liberalismo, el libre comercio, el capitalismo, junto con el marxismo, el socialismo y la conciencia de clase. En lugar de todo ello, predicaba la solidaridad nacional y la administración estatal de los asuntos económicos.

Mussolini introdujo el estado sindical o corporativo. Éste establecía la división de toda la vida económica en 22 áreas mayores, a cada una de las cuales se asignaba una “corporación”. En cada corporación, los representantes de los grupos de organización fascista de los trabajadores, los empresarios y el gobierno decidían las condiciones de trabajo, los salarios, los precios y los programas industriales; y se suponía que aquellos representantes se reunían en un consejo nacional, a fin de idear los planes para una autosuficiencia económica de Italia. De esta forma, el gobierno intervenía en todos los aspectos de la vida económica del país. Como punto final, aquellas corporaciones se integraron en el Estado, de modo que en 1938 la antigua Cámara de los Diputados fue sustituida por una Cámara de los Fascios y Corporaciones, que representaba a las corporaciones y al partido fascista. Lo cierto es que la inquietud social y los conflictos de clase se acabaron, pero no por el sistema corporativo, sino por la prohibición de huelgas y paros, y por la abolición de los sindicatos indepen­dientes.

El fascismo italiano,
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Cuando sobrevino la depresión de 1929, ninguno de los controles económicos de Italia resultó  muy útil. Mussolini elaboró un gran programa de obras públicas y trató de incrementar la autosuficiencia económica. Se avanzó en el saneamiento de las zonas pantanosas en la Italia Central y en el desarrollo de la energía hidroeléctrica en sustitución del carbón del que Italia carecía.

A lo largo de la época fascista no se produjo ninguna reforma fundamental en la situación de los campesinos. La estructura existente en la sociedad, que en Italia significaba extremos sociales de riqueza y de pobreza, continuó inalterada. El fascismo no fue capaz de proporcionar ni la seguridad económica ni el bienestar material, en aras de los cuales habían pedido el sacrificio de la libertad individual. Los sustituyó por una extendida euforia psicológica, por una convicción de que Italia estaba experimentando una heroica resurrección nacional; y a partir de 1935, en apoyo de esa convicción, Mussolini se entregó, cada vez en mayor medida, a aventuras militares e imperialistas.

Fascismo en color 1: Asalto al poder,
Fascismo en color 2: Mussolini en el poder,
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viernes, 7 de noviembre de 2014

Los totalitarismos hipernacionalistas: Características de los fascismos

Tras la Primera Guerra Mundial, el modelo democrático se impone en Europa. Sin embargo, en un territorio debilitado por una posguerra con una dimensión nunca vista antes, la extensión del fenómeno democrático no indicaba que el modelo estuviera afianzado. En la década siguiente surgen corrientes militaristas y antidemocráticas que cristalizarán en los movimientos fascistas y cuyo ascenso implicará un paso atrás en la persecución de la libertad.

Enlaces relacionados:
Crisis económica en el período de entreguerras: el Crack de 1929.
La Primera Guerra Mundial: los Tratados de Paz y las consecuencias a largo plazo.
- Los totalitarismos hipernacionalistas: el fascismo italiano.
- Los totalitarismos hipernacionalistas: el nacionalsocialismo alemán.


 LOS TOTALITARISMOS HIPERNACIONALISTAS

La década de los 30 del siglo XX verá el ascenso de los movimientos totalitarios, un fenómeno que surge en un gran número de países al abrigo de la depresión económica y de la sensación de frustración que deja un sistema democrático que no ha podido impedir las crisis económicas ni las guerras y posguerras mundiales.

Benito Mussolini y Adolf Hitler durante la visita del primero a Munich (1940)
Fuente: Wikimedia commons

Entre los factores que favorecieron la crisis de los sistemas democráticos de principios de siglo en gran parte del continente y el extremismo y la radicalización de la política podemos destacar:

  • La crisis económica de la posguerra, que trajo consigo una enorme inflación.
  • Las tensiones sociales protagonizadas por una mayoría obrera y campesina (empobrecida y que había participado y sangrado en una guerra que no le reportaba nada).
  • Los cambios en el sistema parlamentario, que permitieron una mayor representación social y la aparición de nuevos partidos de amplio seguimiento (socialistas, comunistas…) así como de grupos radicales de extrema derecha (apoyados por burgueses e integrantes de las clases medias).
  • La llegada de la depresión económica de los 30, de amplias consecuencias a nivel mundial.
En este contexto, aparecen ideologías que propugnan la unidad del Estado aún a costa de la libertad y defienden el bienestar del colectivo, entendido como un ente único, por encima del individual. En algunos casos, se convertirán en movimientos de masas y llegarán a alcanzar el poder imponiendo una idea unitaria del Estado en el que se condena todo desviacionismo respecto al ideario propuesto por el movimiento. Se emplea para ello, herramientas de control de la sociedad como la propaganda, la censura y la represión. El movimiento adquiere así con facilidad la forma de un partido único en torno a una figura carismática de poderes ilimitados cuya presencia impregna todos los aspectos de la vida social. En este sentido, el control de los medios de comunicación, la limitación de la libertad de opinión y el empleo masivo de la propaganda se vuelven fundamentales para afianzar la ideología en las masas.

El período de entreguerras,
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De esta forma, se impone la dictadura y se asesina a la democracia aunque en la mayoría de los casos no se rompe formalmente con ella; ya que el poder de sus líderes proviene de la masa, no de la fuerza de las armas (los golpes de estado no son siempre necesarios para imponer el nuevo régimen). El militarismo de la sociedad, el empleo de la policía secreta, el fomento de la delación contra elementos contrarios al régimen, el culto a la personalidad del líder, el imperialismo exterior (usado como arma de propaganda), el control de la educación y el empleo de símbolos y dogmas ideológicos se convertirán en herramientas habituales para el control y manejo de la sociedad.

La imagen que el régimen ofrece de sí mismo se convierte en un pilar esencial. Elementos como la historia, la raza o la religión se convierten en la columna vertebral de estos regímenes y actúan como símbolos de unidad y de diferenciación respecto a otras naciones. Serán usados sistemáticamente y reforzados, retorcidos y amoldados a las necesidades de la nación. El hipernacionalismo justificará así la pérdida de la libertad y los que disientan se convertirán en enemigos del Estado.

Hitler y Mussolini a la llegada de éste a Munich (1938)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 183-H12937 / CC BY-SA 3.0



 CARACTERÍSTICAS DE LOS FASCISMOS

Entre las características que definen los movimientos fascistas pueden destacarse que:

1.   Es la reacción de un nacionalismo contra la humillación de la derrota o, en el caso de los vencedores, contra el despilfarro de la victoria. Es por eso que el fascismo encontró su medio de elección en el país vencido (caso alemán), pero también tiene lugar en algunos de los países vencedores, que estiman que la victoria no ha sido provechosa, que los sacrifi­cios de los combatientes no han aportado todo lo que se esperaba (caso italiano).

Los excombatientes se consideran depositarios de una misión: procurar que el sacrificio de sus camaradas y sus propios sufrimientos no hayan sido en vano. En los países vencedores defienden el respeto de los tratados, la ejecución de las cláusulas, y en los países vencidos encarnan el sentimiento nacional herido y humillado. Los movimientos de excombatientes desembocarán fácilmente en la agitación subversiva y serán un importante afluente del fascismo.

Hitler (sentado a la derecha) durante la I Guerra Mundial (1914)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 146-1974-082-44 / CC BY-SA 3.0

El militarismo impregnó todas las esferas de la sociedad. Las distintas asociaciones; ya fueran laborales, juveniles, etc. adoptaban formas y valores inspirados en la vida militar. La demostración del orgullo patrio se manifestaba a través de desfiles que pretenden deslumbrar y del empleo de uniformes de temática militar en organizaciones civiles. Se perseguía con esto reforzar la unidad e identidad nacionales usando el nacionalismo extremo como arma política y originando un ambiente de xenofobia e intolerancia.

2.   Es una reacción contra la democracia y la filosofía liberal. Considera que la democracia es incapaz de defender los derechos e intereses del país. Para ellos, es un régimen débil e impotente, que desacredita en el exterior y traiciona en el interior. Además, tiene el defecto de dividir. En lugar de hacer que todas las energías se unan en un objetivo común, la democracia mantiene las divisiones. Por ello, la existencia de un único partido fomentaba la unidad y fortalecía al Estado.

3.   Es antiindividualista. El individuo no tiene derechos propios, no tiene más que los que la colectividad quiera otorgarle. El individuo encuentra su razón de ser en la subordi­nación al grupo. El fascismo exalta los valores del grupo, de la colectividad, de la comunidad nacional. El éxito del fascismo se debe, en parte, a la voluntad de formar una sola alma, en la exaltación de sentir, pensar, vivir y actuar juntos. Por ello, una de las primeras, medidas que adoptan es suprimir todo lo que diferencia, el pluralismo, los partidos políticos y sindicatos. La diversidad es sustituida por organizaciones unitarias, basadas en la fidelidad al régimen y al partido.

Concentración nazi en Núremberg (1935)
Fuente: Wikimedia commons

4.   Es antiliberal. Está en contra de todas las libertades que puedan debilitar la autoridad y la cohesión del grupo nacional. Algunas de las primeras medidas serán la instauración de la censura en las informaciones, el control de las conversa­ciones, la vigilancia policial, todo ello acompañado, de un conjunto de sanciones e internamientos arbitrarios. Algunos de estos regímenes conservan un simulacro de asamblea representati­va, pero que no representa más que al partido en el poder: el Reichstag alemán o la Cámara de los Fascios italiana. Pero estas asambleas no deliberan verdaderamente, sino que sólo son cámaras de ratificación destinadas a dar publicidad a los discursos de los jefes del régimen y aprobar las decisiones tomadas fuera de ellas.

5.   Es anticapitalista. Financieros y banqueros fueron considerados un símbolo de la corrupción que asolaba a la nación. Para protegerla se llevaron a cabo medidas de corte social como la creación de la seguridad social o de sindicatos organizados desde el poder establecido como un medio de control social. Sin embargo, cuando era necesario se recurría a la financiación que sólo las organizaciones capitalistas podían aportar.

6.   Su filosofía no es igualitaria, sino una filosofía elitista convencida de que una minoría de hombres está llamada a dirigir a los demás. Son élites forjadas por el partido, dirigentes que se han distinguido por su combatividad, su disciplina, su fidelidad hacia el jefe, su adhesión total al partido.

Hitler junto a su primer gabinete (1933)
Fuente: Wikimedia commons / Bundesarchiv, Bild 183-H28422 / CC BY-SA 3.0

La crisis de 1929 influyó en estos movimientos aportándoles las masas que les faltaban. La crisis económica, al sumir en la miseria y la angustia a millones de pequeños burgueses, emplea­dos, obreros, hace crecer los efectivos del partido y del electorado fascista.

7.   Aunque en esencia todos los movimientos fascistas son similares, algunos incorporan características peculiares. Así, el Nacionalsocialismo alemán añade un elemento nuevo, el racismo, que establece el Postulado de la desigualdad de razas y afirma que las razas superiores deben preservar su pureza biológica. Dentro de la jerarquía de razas, la prioridad pertenece a la raza aria y la nación germánica que desciende de ella. Esta teoría se convierte en una fe, en un dogma que inspira una política concreta, que dicta una legislación que llevará al exterminio a 6 millones de judíos.

Esquema sobre las características básicas de los fascismos

Los fascismos se convirtieron en un fenómeno muy extendido y llegaron al poder en países europeos como Alemania, Italia, España, Austria, Hungría, Rumanía, Bulgaria, o los estados balcánicos de Yugoslavia, Albania y Grecia. Entre 1919 y 1936 hubo movimientos fascistas en casi todos los países, pero no todos siguieron la misma suerte. Unos triunfaron, otros fracasaron. Varios elementos pudieron influir en su éxito o fracaso:

  • Las tradiciones intelectuales y políticas: en aquellos países en que el fascismo podía referirse a autores o escuelas que habían preparado el terreno, se encontraba una situación favorable para su expansión (caso alemán).
  • La posición internacional de los países donde el sentimiento nacional ha sido herido por la derrota (Alemania) o por la manera poco considerada en que fue tratado por los aliados (Italia).
  • Los trastornos sociales provocados por las crisis económicas: los éxitos de los fascismos son casi siempre proporcionales a la amplitud de las crisis.
  • La gravedad del peligro comunista: cuanto más próximo esté el peligro comunista, mayor es la violencia de la reacción fascista. Sindicatos y partidos de izquierda fueron acosados y más tarde ilegalizados.
  • Las dificultades de la democracia: cuanto mayores son las dificultades que encuentra el sistema democrático, más fuerte es el desarrollo del fascismo.
Esquema de las bases sobre las que se apoya la ideología fascista

Los fascismos se convirtieron en un fenómeno muy extendido y llegaron al poder en países De esta forma, la década de los 30 será testigo de un enfrentamiento a tres bandas entre distintas ideologías: la comunista (triunfante en la URSS), la democrática (en sus horas más bajas) y la fascista (cuyo ascenso tendrá funestas consecuencias).


Estado Totalitario-Ciencias Políticas-Educatina,
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